Cuando maduran los frutos del cerezo
Autor: Shimazaki Tōson · Traducción: Ramiro Della Mea Guerrero
Kishimoto Sutekichi tiene dieciséis, diecisiete años. Es estudiante interno en el Meiji Gakuin, una escuela protestante fundada por misioneros norteamericanos en una colina del barrio de Shirokane. Estamos en el Tōkyō de los años veinte de la era Meiji —fines de la década de 1880—: una capital que ya se llama Tōkyō hace veinte años pero donde todavía no hay tranvías, y los muchachos de las pensiones se mueven a pie, dos leguas hasta sus casas, o esperan al pie de una cuesta el paso de un ómnibus a caballo.
Sutekichi se mueve entre dos mundos. Arriba, en la colina, el armonio de pedales, los himnos protestantes, los profesores que dicen Now, Gentlemen… a la manera victoriana, los compañeros de bautismo. Abajo, en el barrio bajo, la casa Tanabe —una familia comerciante vinculada al teatro Meijiza— que lo aloja como a un hijo más. El patrón recita parlamentos del kabuki en la sobremesa, la esposa Yone se levanta al fin después de ocho años en cama, la abuela observa y mide. El libro está hecho de ese ir y venir. Y en el medio, dos descubrimientos que ya no podrá deshacer: que un cierto afecto femenino le ha empezado a doler, y que la fe cristiana en la que se hizo bautizar se le está vaciando por dentro, como un brote joven que alza la cabeza temprano.
No es la confesión vehemente ni el documento de época. Tōson —que escribió el libro a los cuarenta y seis años, entre París y Limoges, en pleno exilio de un escándalo familiar— vuelve sobre sus propios diecisiete con paciencia de prosista lento. Mira su propia juventud de costado, con la misma atención que se le presta al color del pasto al borde del camino cuando uno se ha detenido a esperar el paso de un jinrikisha que no se quería ver. Pieza central del ciclo autobiográfico del autor, escrita entre Shinsei y Yoake-mae, Cuando maduran los frutos del cerezo es una de las novelas de iniciación fundamentales de la literatura japonesa moderna —y, hasta esta edición, una de las que el castellano no había leído.